Tomado del blog Cubanos de pesca

Por: Ismael León Almeida

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Usted nació en un pueblo azucarero donde el silbato bronco del ingenio en los cambios de turno pautaba el ritmo del día, y el viento que soplaba del mismo lado donde se levantaba el sol traía el pesado perfume del dulce. La primera calle que caminó era de piedras azotadas hasta perder los viejos filos por el paso del carretón del carbonero, del que llevaba la leche, pintado de amarillo y con el logo de su fábrica. El tren pasaba de rauda plata o pesado, negro, envuelto en humos y campanadas; la calle Real era de ambiente urbano, aunque abuelo llegaba por las tardes con el color del surco.

El pueblo donde usted en realidad vivía estaba en el límite de las aguas, con caimanes que acechaban boquiabiertos al pie de nocturnas hamacas, jutías que moraban en los palos de monte defendidos a diente como territorio propio del acoso del obstinado cazador, playazos vecinos del límite del mangle donde cuidarse de la púa de la raya era el primer mandato. El niño que usted fue vivía en los cuentos del padre, cada vez que llegaba de las cacerías y las pesquerías; lo demás era la pura rutina en la que se va creciendo.

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La memoria guarda lo que le viene en gana. Por esa caprichosa selectividad, nunca ha tenido animales enjaulados. Quiso una vez un pájaro para criarlo, pero el padre cazador y pescador dictaminó en su sencillo modo de mandar: “Los pájaros viven libres”. Libres los quiso. De ahí un diálogo con el verde territorio que se abre más allá de las últimas casas, que en edades más libres se fue extendiendo hasta retar de un modo juvenil la acentuada expresión criolla: “de punta Maisí al cabo de San Antonio”. Hubo pues, momento de unir los dos extremos del único sitio conocido del planeta, buscando justificación en letras que debían ser escritas por oficio. En realidad era pasión por ver, estar.

Entonces ocurrió que la rutina del televisor fue rota un principio de noche por imágenes tan afines a aquel el mundo donde dijo vivía, que quiso tomar nota de quienes estaban tras la cámara que llevaba colores tales, hablar de gentes que algunas vez se habían escuchado, paisaje que entrañablemente quería recobrar para momentos futuros. Y supo usted, que tan inmerso estaba ya en la praxis urbana, que había en un sitio distante llamado San Pablo del Yao –municipio de Buey Arriba, provincia de Granma- un grupo de creación llamado Televisión Serrana, entre quienes había surgido eso que le cambiaba un día a la semana: “De donde hay un río”.

Vio una vez como estaban unos hombres del monte poniendo toda una calculada artesanía en cortar unos gruesos bolos de buena madera, y no bastando el hacha para que cumplieran su acomodado destino (tabla de casa, mueble para instalar la calidez del tiempo familiar...), pues una sierra balanceaba su recto filo por el corazón del derrotado tronco entre dos pares de brazos más obstinados que poderosos, alineando lo que sería pronto tablón manipulable, y en una medida provechosa para que a lomo de mula llegara allí donde el hombre requería sus fibras.

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Otra vez se lanzaban carretera abajo las chivichanas (véase un cuadro de listones firmes, sus ruedas y aparejos), pasajeros en increíble y arriesgado vuelo, y algo más alto los parapentes, entre el reto, lo triste y lo decidido, creando una categoría de deportistas donde quizás el urbano corriente cree que solo cultura silvestre pueda surgir. Y en otra ocasión sonrió, como si también lo hubiera vivido, del apasionamiento de su juego de pelota; y tanta gente con sueños de ser artistas o llegar a serlo incluso, haciendo música, soñando en versos. Y la desgarradora tristeza de aquellos con la razón extraviada, con cuanta delicada alma dibujados en la pantalla, y verlos en su voluntad de estar un día donde todos los otros simplemente se levantan a luchar con sus días, nada más.

Ya ven ustedes. El programa del 20 de diciembre comenzó con una remembranza de personajes de “De donde hay un río”. Tocó hablar de Gloria Guerra Soa, Alla, centrada la visión de  los realizadores en lo auténtico profundo de sus gentes. Luego pasan el documental “Al sur... el mar”, y ya se va usted mismo marchando arriba por la agreste peña, siguiendo al que va delante con la jaula del pájaro y una escopeta. No es muy cómodo el subir, pero se sube. Abajo se ha de ver la morada de la familia, lo escaso material del existir y ese modo claro de estar juntos, de querer y cuidar de los pequeños, sin que sobren palabras. ¡Ah esos inmensos silencios de los documentales, donde la voz del monte, los pasos mesurados, el pájaro agreste, el oleaje distante, son el diálogo!

Un día alguien usó por curiosidad del correo electrónico y puso ahí sincero: “Estimados realizadores de Televisión Serrana: Es impactante lo que hacen en su presentación de documentales. Pero decir que es hermoso limita al aspecto estético el valor de sus producciones. Hay mucho más, percibo, sin ser un experto en televisión (el medio, en general, no me atrae): La exploración de las formas de vida de los hombres y mujeres de esos rincones de Cuba está poniendo a la vista un sustrato muy profundo de nuestra esencia nacional. Donde puede verse pobreza material a veces casi al límite, uno puede ver asimismo sabiduría en el vivir, en el relacionarse con el medio natural, en el entramado social que sustenta la permanente existencia humana y su trascendencia.
Bien, ya hemos puesto un montón de palabras y aún no hemos sido capaces de expresar el grado de nuestro deslumbramiento. Tal vez se deba a que andar el archipiélago ha sido una de nuestras premisas personales. Saberles jóvenes y con esa mirada, nos llena de esperanza. Con toda modestia...

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Era necesario. Decir que de este lado se les estaba escuchando, viendo. Y se entendía que lo que llegaba los vespertinos miércoles no era el visor exótico de un documentalista afortunado. Demasiada vida sentida para equivocarse. Y hubo respuesta de la revista De donde hay un río:

“... llevo días queriendo poder contestarle las hermosas palabras que nos dedicó. Leí su email el día antes de partir a un nuevo rodaje en la ciudad de Manzanillo, mi ciudad, en medio de miles de preparativos, y de verdad, fueron como un abrazo lleno de sentimiento sus palabras para mí. Me emocioné mucho, las llevé conmigo, y al día siguiente, bien temprano en la mañana, justo saliendo el sol, antes de salir a filmar la primera de muchas jornadas duras, las compartí con mi equipo, como signo de buena fortuna, como amuleto de buena energía para que una vez más tuvieran alas los corazones que salían a conquistar una nueva historia. Gracias, de mi parte, y de todos mis muchachos, que son los mismos que realizan las revistas de cada miércoles, y también hacen el equipo de muchos de los documentales que transmitimos en dicho espacio. 

Que alguien como usted..., se dirija a la Televisión Serrana, desde su respeto, humildad y cariño, para hablar de lo que representan nuestros documentales, pues para nosotros es la llegada de un nuevo amigo que nos impulsa a seguir y a quien debemos el compromiso de tratar de hacer lo que hacemos, lo mejor posible, cada vez más. Volvimos a evocarlo el último día de rodaje, que precisamente estuvo dedicado a la pesca, y fue un día magnífico, realmente hermoso para nuestro proyecto, imagine que desde el Sondero 8 de Manzanillo,  atrapamos la salida del sol junto a la salida del barco pesquero que sería nuestro personaje en medio del mar...fue un precioso cierre de días difíciles, de mucho trabajo, cansancio y emociones. Sepa usted que también compartí sus palabras con todo el colectivo serrano, y un poco más... acabo de editar las revistas que cierran el año e inician el próximo y en un reportaje  que debe salir ahora en diciembre le extendemos nuestro afecto. Bien, como usted mismo diría, ya hemos puesto un montón de palabras y no alcanzamos a describir (en este caso) nuestro agradecimiento. A nosotros nos llena de esperanza, saber que gente maravillosa como usted, con un quehacer que dignifica tanto la cultura de esta isla, reciba con gran sensibilidad lo que humildemente realizamos desde este pequeñito espacio. Sepa que seguiremos haciéndolo desde el corazón y ojalá que sí llene de esperanza a todo este país. Otro abrazo inmenso, desde la Sierra...”

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Hace un par de años más o menos desbordaban el medio centenar los documentales filmados. Que habrá quien, con sabias herramientas de entendimiento de los medios y sus géneros audiovisuales, exponga finalmente sus cualidades, tal como el crítico sabe apreciarlas. Usted solo expone su propia sorpresa y el modo en que le trajo a la memoria espacios y vivencias tan personales y distantes. Entretanto ha sabido que Televisión Serrana está cumpliendo 25 años, un cuarto de siglo, que en términos humanos es justamente una vida, al menos buena parte de la utilidad que suelen tener los empeños de hombres y mujeres. Eso solo basta: ponerse a hacer y persistir, y quien con realista sentido del espacio y tiempo concretos de la historia que comparten, asume que nada ha sido color de rosas. Pero la imagen televisiva, los sonidos y hasta sus impactantes silencios de la serranía, conducidos por la tecnología hasta el comienzo confortable y citadinos de nuestras noches, llevan tras sí nombres reales que han hecho de la sede montuna de su televisora comunitaria, la razón de sus días vividos desde 1993: 

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Daniel Diez, el iniciador, luego los que se incorporaron en sucesivas promociones: Waldo Ramírez, Marcos Bedoya, Rigoberto Jiménez, Carlos Rodríguez, Luis Guevara, Lenia Sainiut, Ariagna Fajardo, David Morales, Kenia Rodríguez. Y con ellos el resto que se traslada en equipo –mediante jeep, camión, ¿auto?, a lomos de mulas y caballos, a pie afincado en la pendiente o salvando el fino torrente-, llevando luces, audios, las cámaras que hay que cuidar como alma material de su poética.

Al apagar el televisor, tras la despedida de un hombre de aquellas lomas que concluye el programa a la manera del caminante que saluda al paso por el trillo, todo lo que usted piensa es que por San Pablo del Yao hay algo aprendido que en cualquier momento va y se riega por las televisoras de esta isla. Usted no sabe qué es, pero percibe que hay un modo de exponer la vida en la pantalla que se explica a sí misma. Va y un día lo entiende.

 

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