Por: Kenia Rodrìguez

Foto: Sucel Marti

Los Perros, así se llama la comunidad ubicada a pocos kilómetros antes de entrar en la cabecera municipal de Buey Arriba, hasta donde llegó en la tarde de ayer un equipo de la Televisión Serrana. Quizá en nuestras mentes alguien albergó la idea de desembarcar y conquistar, mas las circunstancias hacen de las suyas y de pronto nos vimos envueltos en una mágica trampa.

Primer pie en tierra y nos recibe la promotora con quien se coordinaba desde hacía días la muestra de documentales; al instante, y como por encanto, se precipita Luis, hombre alto, mulato, de quien, por error, me había formado falsas expectativas. Sin darnos tiempo a mucho, - “¡Luis Rojas!” Se presenta. -“Soy el que ha hecho este parque de piedra. ¿Es tu primera vez por aquí?” A todas estas, y por momentos perturbada, respondo a su ritmo y entro en juego.

- “Vamos, te voy a mostrar lo que he hecho. Yo solo. Ah, y un viejito que a veces me ayuda. Hace un rato estuvo por aquí, ahorita regresa. ¿A que no sabes quién es ese?”. Respondo con prisa. “¿Y este?” Respondo. “¿Y este…?” Y es que se trata de un paseo que ha construido con sui generis fachada, desde la entrada de la comunidad hasta unos 100 metros a partir de piedras, cemento y enchape con fragmentos de losa, azulejo, grey con cierta mesura y encanto. -Se lo ha pensado muy bien. Observé. Cada lateral está custodiado por bancos, unos largos, otros más cortos, según el tamaño de las piedras que una vez mostraron su piel y que ahora la voluntad de Luis escondió su forma. Creo que he visto suficiente, trato de regresar al objetivo que nos llevó allí. Mis colegas preguntaron, “De dónde sacamos corriente”. Otra vez salta Luis -“!De mi casa!”

Ahora soy yo quien se aprovecha de la ocasión para caracterizar, por fin, a aquel ser que, desde lejos y por muchos años, siempre se me antojaba loco. La sala: espacio pequeño, barroco, poli temático y cromático; fue mi primera impresión a pesar de que Luis con su verborrea impide que se escape otra furtiva mirada. Segunda lectura: sincretismo. Ahora interrumpo: - “¿En qué crees?” – “!En la Revolución!”. –“¿Y ese busto?” Sonríe y otra vez interroga -“¿Quién luchó contra los americanos y los sacó de su país al cabo de diez años?” Miro con detenimiento, pienso, “pero no se le parece mucho”; así que para no desmoronar su impresión sobre esta interlocutora que ya estaba montada en su tren, muestro duda y espero. -“Ho Chi Min, el grande, el amigo de Cuba”. Entra el tema de su etapa como deportista en la década del 80 del pasado siglo, cuando resultó ser subcampeón y campeón en la disciplina de Atletismo. Fueron pocos minutos, no me alcanzó el tiempo para discernir toda la información bombardeada, ni el nombre de su rival, el campeón nacional que representó a Cuba en ese entonces, supe que era otro granmense, quien llegaba primero por fracciones de segundos en los 1000 y 3 mil metros. – “Abandoné la carrera por un incidente que tuve, que provocó la ceguera en un ojo y para salvarme hubo que realizar un abordaje en el cuello”. – Concluye.

Custodiadas por el escudo nacional descubro más de una veintena de medallas de bronce y plata. “Falta la de oro, me la robaron por la ventana”. Todas hablan, dan fe de épocas de euforias y cuelgan con orgullo en el rincón más importante, a mi juicio, de aquel sitio empolvado, como en los cuentos de brujas: antiquísimos y encantados.

Se han encendido los equipos y la música nos hace gritar, prefiero caminar para conocer el resto de la comunidad y avisar que esta noche habrá proyección de documentales. Ambiente rural, bohíos, gente humilde, el dominó plantado en el patio, un caserón abandonado, sin dudas, con una desconocida y atractiva historia. Regreso y otra vez el parque, ya he visto todas las esculturas y vallas, que van desde una muralla china hasta nuestros aborígenes, el indio Hatuey, Martí, Céspedes, Gómez, Maceo, Celia, Clodomira, Lidia, Frank, Abel, Che, Camilo, Almeida, Vilma, Raúl, Fidel, Cristino Naranjo, Ciro Redondo, otros héroes de la localidad y otro cual imagen se me presentaba bastante desconocida. Recordé que hace mucho tiempo al menos escuché ese seudónimo y lo asociaba a las luchas revolucionarias y al paso de los rebeldes por la zona, ahí ataca y me deja sin respuestas. -“Y ese no sabes quién es? Mi padre, el Teniente Rayao, quien acompañó, cuidó y sirvió a Fidel desde aquí hasta La Habana, nunca nadie lo pudo coger, siempre se escondía, se escapaba, se rumoraba, era cagüeyro…” Ahí desmembré cualquier vestigio de información que alguna vez tuve. -“Fue él el que me enseñó todo lo que sé”. Retrocede a sus antepasados. -“Mi madre vino de Francia, llegó de meses a las costas guantanameras, creció allí, conoció a mi padre y yo nací en una cueva durante la guerra, mi padre peleando y mi madre dando a luz, se le quedó la placenta dentro, pasamos duro trabajo, yo soy un hijo de la Revolución, porque nací en plena lucha…”

Continuo haciendo trabajo comunitario, intentando saber más de la comunidad, converso con la Delegada de la zona, interrumpe otra vez Luis, -“ A que tú no sabes quién es la madre de toda esta obra?”. Lo miro tratando de adivinar por dónde viene ahora, expelo: -“La ideología, el sentimiento patriota y nacionalista de nosotros los cubanos…”. –“No. La Revolución, la madre de todas las cosas buenas que sucedieron después”. Otra vez me uno a su paso y me muestra las tres ceibas que sembró hace diez años y que ofrecen la bienvenida al barrio, así como otras vallas empezadas. -“Ahí va la de Elpidio Valdez, la del Vaquerito…”, y la de otros que no me dio tiempo a recordar. Me aprovecho de la suspicacia y de lo trillado, digo, -“Te falta alguien”… Sorprendido, porque en su empeño parece que ningún prócer se le había escapado, se inquieta y duda. –“Te falta el que nos enseñó a pensar, a pensar con sentido nacionalista… Félix Varela”. Apenas tuve tiempo a poner el punto final de aquella iniciativa e interrumpió: -“Ah sí, el hombre de la pluma”.

Quiero conocer más. - “Debes tener muchos libros…?” -“Vamos te voy a mostrar”. Junto a un distinguido y abandonado trofeo deportivo aparece, cubierto con una toalla y como centro de mesa como quien siempre estuvo allí, un libro grande. Pensé “Me viene con la biblia”. No tiene carátula y está lleno de recortes, apuntes y fotos sueltas. -“La victoria estratégica de Fidel Castro”. Sin palabras.

Así es Luis Rojas, quien también se me presentó como sobrino de Marta Rojas, escritora, periodista. – “Por estos días se le ha rendido merecido homenaje”, contesté. Desandando vericuetos adiviné su edad, la que niega, no entendí por qué, y en acto confidencial me pidió, -“No le cuentes a nadie”.

Y en esa tarde de sortilegios y acertijos descubrí, ¡qué bárbara esta vida, qué suerte de conocer personas así de grandes, con esa inmensa inquietud y voluntad de transformación, enciclopedias anónimas, qué suerte encontrarle y que no me haya dejado dormir!

SAM 7423

Comentarios   

+1 #1 Axel L. Hernández An 19-06-2018 21:18
Una bella crónica, una postal de Vida donde se ilustra la historia de este humilde hombre con una gran historia y un gran corazón. Un Abrazo a Kenia y a la TV Serrana
Citar

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar