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- Publicado: 15 Enero 2016
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Escribe: Kenia Rodríguez
Había una vez, como aves del monte* y como llegados con el mar apareciste tú. Pequeña, ociosa, pura imagen; con palabra de joven y con voz de niño. Deslumbrada entre el mar y la montaña, en lo primero que pensaste fue: ¡Es tiempo de cosecha… quién fuera encantador…!
Quién si no tú, que más que el ojo ajeno de pronto te convertiste en como uno más de ellos, como una familia cercana, y como un rayo de luz encendiste paraísos perdidos. Descubriste la tierra de amor, la tierra conmovida disponiendo, poco a poco, de la naturaleza de las cosas. Creíste que con manos de ángel esto podría ser más que los ecos y la niebla y que la mentira más grande. Te percataste de que era simplemente un sitio diferente como todo el mundo que la vida puede cambiar.
Al compás del pilón bregaste anda que te anda unas veces en mulos otras en la chivichana como locos de profesión por una suerte de caminos buscando esos sueños mágicos. Allí, al cantío del gallo como un punto de fuga estabas en reconcilio con la razón de ser.
Del lado acá del río, junto al bohío, los haladeros y el cunyaye te sorprendió un nuevo amanecer justo cuando había que creer más allá de la fe; cuando en tiempos de apagones instalabas la cuchufleta aunque sea para escuchar algún ruido en la señal y no comerte a oscuras el plato principal. Algunos creyeron en el círculo o en las variaciones de la primavera y se cuestionaron a dónde vamos.
Por donde corre el tiempo la vida es más que la vuelta de hojas … De pronto te encuentras que has desgastado muchos almanaques y un artesano del tiempo te anima: ¡Ey, al final del viaje los días no son más que piedra sobre piedra, no un desequilibrio o lo demás es la vida… Sueña, pero convierte sus sueños en vida, porque con oficios de hombres se levanta un puente sobre el río para unidos cruzarlo y en un cariño poderoso apretar amores y tocar la alegría…!
Enero 15 de 2016








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